Un viaje a la localidad vecina y un escritor que registra los movimientos de su terminal de colectivos.
El siguiente texto fue elaborado en el Taller de Oralidad y Escritura, materia de Letras de la UNMdP, dictada por el docente Matías Moscardi. Después de leer y analizar “Tentativa de agotar un lugar parisino” (1975) de Georges Perec, se propuso a los estudiantes imitar los procedimientos usados en este texto: ir a un punto fijo de la ciudad y la zona (ya sea céntrico o periférico, turístico o local) y tomar nota de todo lo visto. El resultado, un listado de personas, objetos y situaciones de la vida cotidiana, de todo aquello que suele pasar desapercibido por la mirada automatizada y rutinaria, pero que demuestra, como dice Moscardi, “todos los datos históricos, culturales, sociológicos y estéticos que aparecen cuando nos sentamos un par de horas a mirar con atención cualquier lugar de la ciudad”. LA CAPITAL publica en la sección Postales Poéticas de Mar del Plata una selección de las “Tentativas de agotar un lugar marplatense”, mediante las cuales los alumnos invitan a redescubrir nuestro territorio con ojos de poeta.
Para más información sobre este ejercicio y la historia del taller, leer la nota de LA CAPITAL en la que el docente a cargo, Matías Moscardi, cuenta cómo nació la propuesta de salir a recorrer la ciudad con ojos de poeta:
Estudiantes de Letras recorren Mar del Plata para describirla con ojos de poeta
Por Malena Noemi Pastori (*)
Crucé media ciudad caminando. Bueno, quizás no era la mitad, tan solo un cuarto, pero es que cuando no vas tomando dimensión de lo que caminás, el viaje se hace o muy corto o muy largo.
Observo el cielo: está nublado.
8:43, se larga a llover.
Entro a la Terminal de Ómnibus de Miramar y me siento en uno de los banquitos que está dispuesto para que la gente espere su colectivo.
Me dispongo a observar.
Pasa camioneta Ford con cúpula.
Pasa Kangoo.
En la dársena hay un colectivo Plusmar y otro Cóndor Estrella.
Pasa una mujer con chico de doce años aproximadamente (no se ve bien, ya que va de espaldas).
Pasa un hombre que lleva un bolso rojo (supongo que es chofer).
Un chico de gorra va a la boletería (no sé de qué empresa de colectivo).
Por la puerta principal entra un hombre mayor, junto con una mujer, que lleva un palo y dos valijas.
Se va uno de los colectivos, el Cóndor Estrella.
Por la esquina de enfrente caminan un hombre que lleva un chico a upa y una mujer.
En la puerta de entrada hay un hombre con una valija. Supongo que está esperando un taxi.
Desde la puerta de entrada hay una mujer de remera verde que saluda a alguien invisible para mí.
Se escucha, a lo lejos, un auto andar por el asfalto mojado.
Pasa una camioneta roja, otra verde y otra gris (si supiera diferenciar los autos por marcas y/o modelo lo haría).
Se me acerca un perro esperando caricias y se mete debajo del banco donde estoy sentada, al no conseguir lo que esperaba.
Llega un Plusmar y en él están los choferes deliberando algo.
Pasa un transporte escolar de Mar del Sud.
La mujer de las valijas empieza a mandar un audio.
Una paloma se pasea por enfrente del Plusmar, como buscando un colectivo que tomar.
Un hombre con una mochila va lentamente (muy lentamente) hacia la puerta. Parece turista. Va mirando el puesto de alfajores que está cerrado.
La terminal está vallada con una cinta que dice “peligro”, ya que están haciendo mosaiquismo en las columnas. Hay caballetes que no sostienen ningún tablón dentro del vallado.
Vuelve el supuesto turista, que sigue mirando el puesto de alfajores, hasta que capta su atención un hueco de la terminal que es el espacio de lactancia para madres. Me doy cuenta que va comiendo un alfajor Milka, y sospecho que al ver el puestito cerrado se tentó de comprar esa golosina.
Llega un Vía Tac a la dársena, lo veo por el reflejo de los vidrios.
Pasa por al lado mío una pareja, y se cruzan a un chico solo, que va en sentido contrario.
Alguien ve un video y esparce el sonido por todo el lugar.
En una de las mesas del café hay un hombre sentado, con una pava eléctrica, yerba, y un mate, que mira el celular. Debe ser el dueño: nadie va a un café a tomar mates y se expande de tal manera.
El chofer del colectivo grita para que los pasajeros arriben.
Son las 9:13.
El Turista se sentó y mira su celular, apoyando la cabeza en una mano. Entran una chica con un hombre (¿padre-hija?)
Un chico de gorra que viene de las dársenas parece que está buscando a alguien. Se va por el pasillo y entra en el kiosco, se ve que buscaba eso.
Llegó un colectivo y entró al edificio la gente que bajó de él (cuatro hombres y cuatro mujeres).
Entra un hombre que arrastra las botas de lluvia que lleva puestas y va hablando por teléfono.
Somos cuatro personas en ese espacio de la terminal (cinco seres vivos, si es que queremos contar al perro): El Turista, que está en la misma posición, y la pareja que entró, que están sentados.
Alguien fue a sentarse con el dueño del café (debe ser el socio, porque también toma mate).
Entra una mujer con un banquito, un caballete y un pañuelo rojo en la cabeza. Es la mujer que está haciendo lo del mosaico en las columnas.
Queda solo un Plusmar en la dársena, al menos en el pedazo que llego a ver yo.
Llaman al turista por teléfono; atiende y hablan del tiempo.
Entra un hombre con un balde de albañil, y atrás de él entra la mujer del pañuelo en la cabeza (que no sé cuándo salió) con dos bolsas de plástico.
Entra en la terminal una mujer que me conoce, y se ve que también conoce a la mosaiquista. La saluda a ella y a mí no me reconoce (o eso espero; no creo en la teoría de que no me quiso saludar).
La pareja que estaba sentada va a la dársena para tomar el colectivo, pero me tomaron de sorpresa cuando el colectivero pidió boletos y solo ella se lo entregó. Una vez visado, la mujer subió, y el hombre salió de la terminal. Nada de sensiblería.
El Turista está en la dársena, caminando de acá para allá muy lentamente de nuevo. Esa imagen me hace recordar a una frase que leí hace poco. Decía: “El que pasea se imagina paseando, o gusta de observarse según la perspectiva de los otros; el que camina es, en ese sentido, extrovertido, solo le importa el afuera. El que pasea coquetea diciendo que sale a buscarse a sí mismo, a reunirse consigo mismo, a reencontrarse o reconstruirse…; el que camina tampoco sabe nada, pero por lo menos ya ha alcanzado a darse cuenta de que hay poco que escarbar dentro de sí, y rastrea vorazmente el exterior, las calles, los campos, los cielos”.
Según esas conclusiones, El Turista, ¿pasearía por la terminal o caminaría con algún propósito en especial?, ¿sería extrovertido porque era consciente de que yo lo estaba mirando o solo no sabía nada y por eso caminaba buscando algo en el exterior?
Pasa un hombre de pantalón verde, que tiene cara de recién despierto.
Entra un chico con una bolsa y lleva un buzo verde puesto (¿estará de moda el color verde?).
Se ve el hombre de pantalón verde.
El colectivero que le pidió el pasaje a la mujer está parado en la puerta del colectivo, viendo si alguien más llega. Mientras tanto, mira el techo, a las palomas seguramente. La mujer de los mosaicos empieza a trabajar.
Entra un hombre.
Se va un policía.
Sale una familia.
Son las 9:33.
Me dispongo a caminar nuevamente, pero esta vez recto por la calle 40, hasta llegar a la esquina con la calle 23.
Pasa una mujer en bici con un buzo fucsia.
Pasan dos autos blancos.
Un hombre va caminando por la vereda de enfrente y camina demasiado lento (casi como el turista). Recuerdo: “Caminar pone en suspenso temporalmente las preocupaciones que abruman la existencia apresurada e inquieta de nuestras sociedades contemporáneas. Nos devuelve la emoción de las cosas, restableciendo una escala de valores que las rutinas colectivas tienden a recortar.”. Pienso que quizás el hombre en cada paso libera algo que lo abruma. Que quizás se está reencontrando consigo mismo luego de días alocados.
No pasa nadie por la calle y me da el tiempo para tomar este detalle:
Hay nueve autos estacionados en la calle 40, entre las calles 23 y 21: tres son gris clarito, uno azul, uno rojo, uno es blanco, uno gris oscuro y dos negros.
Pasa un auto cremita claro muy bajo. Me llama la atención el color.
Hay un auto mal estacionado en la ochava de la 40 y la 23, enfrente de la quiniela provincial. Un hombre que recién sale de la quiniela se dirige al auto. Va lento. Agarra un cigarrillo, lo prende y le da una pitada.
Pasa la guardia urbana por enfrente mío.
Por la rotonda pasa una camioneta de AISA (servicios agrícolas, llego a leer).
Cruza la rotonda un auto negro que está chocado. Le falta el paragolpes.
Cruza de la vereda de enfrente a la que estoy yo, una chica de buzo turquesa, que tiene un logo naranja en el medio. Lleva dos bidones (uno en cada mano) con un líquido también turquesa.
Son las 9:55. El sol empieza a salir.